Yukio Mishima

No tenía muy claro si esta entrada iba a ser una entrega más de los Grandes Maricas de la Historia o no, pero después de haber leído lo suficiente he decidido dejarlo como mito homoerótico, que no es poca cosa. Con ustedes, Hiraoka Kimitake, más conocido como Yukio Mishima, de quien hoy de cumplen 45 años de su fallecimiento...


Como aquí nadie hemos nacido leídos, amigos, lo primero es confesar cómo descubrí la existencia de la figura de Yukio Mishima. Calculo que tendría yo no más de diez años cuando descubrí, perdido en un cajón de la mesilla de la habitación donde dormía en casa de mi abuela, en los veranos que pasaba en pueblo, el suplemento dominical de un periódico. Aburrido, lo ojeé hasta que di con una fotografía que me llamó la atención de una manera muy extraña. Yo era un crío, así que me temo que aún no era capaz de distinguir un mero interés de una cierta conmoción a la altura de la entrepierna. Vamos, que no sabía que era maricón. Aún.


El caso es que me quedé fascinado, como ahora me fascina pensar en la desbordante homoerótica de la iconografía católica, por cierto, y me leí el reportaje sin quedarme con nada a parte de la conmoción en la entrepierna y una desagradabilísima fotografía que ocultaré en un vínculo al final, para quien quiera verla. Al grano: Mishima fue un escritor japonés, novelista y dramaturgo para más señas, considerado uno de los más grandes escritores de Japón (esto que se lo apunten las modernas que van de intelectuales con su libro de Kenzaburo Oé en la mano). Su familia estaba vinculada a los samuráis (como Vicky Larraz pero de verdad) y pertenecían a la burocracia adinerada de una época de transición entre el Japón más tradicional y la invasión de las costumbres occidentales, algo que Mishima siempre observó como una insoportable decadencia, especialmente después de que su país perdiera la Segunda Guerra Mundial. Total, mucha tarita y bien de psicoanálisis, amiga.

Pues me vas a poner cuarto y mitad de la tara esta, por favor.

Pero hay más, porque resulta que, cuando se fue a alistar en el ejército como kamikaze, le dijeron que nanay, que mostraba signos de tuberculosis y que ellos querían suicidas sanos, no enfermos, así que se sintió humilladísimo y, para más colmo y tara, se sintió culpable por haber sobrevivido y haber perdido la oportunidad de una muerte heroica.

Errr... ¿hola?¿HOLA?
Bueno, por suerte, se puso a escribir y dio a luz la tetralogía de El Mar de la fertilidad, una especie de discurso ideológico sobre la sociedad decadente en lo moral y lo espiritual, y se metió en el mundo del ensayo, defendiendo, como buen japo, la figura del Emperador, representante sumo de su pueblo y su identidad. Se aficionó al gimnasio (en serio) y tanteó el mundo de la homosexualidad con su novela El color prohibido, algo que a su mujer no le hizo mucha gracia (es que se iba de baretos de ambiente, chicas), y al final, después de que lo propusieran tres veces sin éxito al Nobel, se le hincharon un poco las pelotas y tal día como hoy, en 1970, se fue con un grupo de amigos a un cuartel militar para iniciar un golpe de estado que devolviera al Emperador a su legítimo lugar. 

¿Me lo dices o me lo cuentas?
Y la cosa acabó fatal, porque resulta que desde el balcón del cuartel no le oían, así que decidió mandarlo todo a la mierda y seguir con su plan de huída, que básicamente era llevar a cabo, como buen descendiente de samuráis, su seppuku, o sea, hacerse el harakiri ritual, que incluye que un amigo te decapite después de te hayas abierto el abdomen en canal. Maravilloso, sobre todo porque el amigo no era muy diestro y después de varios tajos sin éxito tuvo que ser otro colega el encargado... Y así surgen los mitos, amigas, entre taras y sables. Hasta mañana.

A ver ahora quién limpia esto, TÍA!



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Piiiiip

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